jueves, 26 de abril de 2007
Relatos desde el Espacio Escultórico
Llegando, previa búsqueda del mejor lugar para sentarnos y tomar el sol, no faltó quien prendiera un gallo. Hicimos el primer brindis... y ni siquiera degustamos el primer trago, cuando Luis comenzó la polémica. Para aquellos -seguro pocos- a quienes pueda interesar, estábamos platicando sobre la fundamentación de la metafísica como ciencia (¡no puedo creer que en pleno siglo XXI aún pueda haber gente que crea en ella!).
Estábamos, pues, al calor de lo que ya se había convertido en discusión cuando hizo su aparición Don Fernando. Al principio no supimos que pensar de él, podía ser un elemento de Seguridad UNAM -de hecho llegó con una chamarra azul del estilo-, o incluso un agente de la AFI. No bajamos los vasos puesto que, tristemente, el vino ya se había terminado, pero sí apagamos el toque. Cuando llegó hasta nosotros dijo: "¿Permitirían a un viejo escritor callejero ganarse una moneda?". En el pedir está el dar -me diría mi mamá-, ¿cómo negárselo? Nos ofreció, o una historia (histórica, valga la rebusnancia) del Espacio, o una anécdota. Ésta última nos pareció más prometedora.
"Cuando yo tenía su edad -nos dijo, y me sonó sumamente familiar- me enamoré perdidamente de una mujer, pero a sus ojos no era digno y me despreció. Aún así, no dejé de fijarme en ella hasta que se casó con otro. Resulta que, un mal día, mi vecina falleció en un accidente. En el velorio se me acercó su madre, y me confesó que estuvo enamorada de mí hasta su muerte. Ahora recuerdo que, cuando llegaba del trabajo, me invitaba amablemente a comer a su casa; que en ocasiones me buscaba para hacerme un cumplido y que le era totalmente deferente. No saben muchachos -dijo, mientras se limpiaba una lágrima- lo duro que es saber ahora que una buena muchacha estuvo enamorada de mi y fui tan ciego como para dejarla pasar de largo".
Imagínense, su desamor se convirtió en tragedia ya que ahora es dos veces desdichado: una por no haber sido correspondido, y la otra por no saber corresponder. Por eso es escritor callejero, porque en las calles han muerto atropelladas sus ilusiones.
Ahora... Bueno, ahora es otra historia. Vive en un mundo de ensueño. A pesar de su edad -nos dice- aún mantiene romances. Que si la tendera le confiesa que ha estado enamorada de él desde que se mudó al edificio, se regocija y se regala, no vaya a ser que cambie de opinión; que si conoce a una Dama en un bar, de dejarse, la invita a su lecho, no vaya a ser que ella sea su (nuevo) verdadero amor... Creo que ahora lo de él es el amor fugaz y la vida libertina.
Moraleja: Ustedes tranquilos, no nerviosos, que el amor no se acaba.
martes, 17 de abril de 2007
Para empezar, una pequeña confesión
He entrado a un mundo que nunca creí pisar. De habérmelo preguntado hace 3 años, bien les pude haber dicho que jamás lo haría. He aprendido que una postura es tan volátil como las emociones del hombre.
Desde un inicio, llegué a otro mundo. Justo cuando corté el cordón umbilical de mi familia, me encontré en un mundo distinto: una ciudad diferente que se comportaba de un modo muy peculiar. Debo admitir que me llamó la atención (de cualquier modo, ¿qué razón tenía yo para hacer lo contrario?). Y por primera vez pude hacer algo más allá de mis enseñanzas escolares y familiares; algo tan prohibido, que siempre quedaba en entredicho.
Todo esto, puedo creer, se originó por el hecho de haberme encontrado bajo mi propia ley en un mundo distinto, dispuesto a romper los prejuicios con los que conviví hasta aquel momento.
Y éste nuevo mundo sólo sería el puente hacia otro, uno mucho más prometedor.
Quiero confesar que he encontrado aquí una linda cabaña con una excepcional vista hacia el mar. Y aunque no he colgado el letrero de “Hogar”, se siente muy hogareña. Pero hay veces en que sueño con aquel primer mundo, mi viejo hogar, y me roba una sonrisa. No siento añoranza, he descubierto que puedo saltar entre ambos mundos, cómo si fuesen dimensiones alternas. En un momento aquí, como se es aquí; en otros allá, como yo quiera ser.
Pero es justo cuando regreso a mi cabaña cuando puedo decir que estoy a gusto, cómodo, “hogareño”. Aquí soy yo sin restricciones, sin máscaras. Tal cuál, soy. La gente del otro mundo dirá que este mundo es de fantasía, inútil, y que estoy perdiendo mi vida aquí. Acaso desde su perspectiva tengan razón, ¿por qué no? Pero ellos no están aquí, son ciegos ante el hecho de poder moldear tus emociones e ideas de tal forma que sientes que eres tu único dueño. Desconocen el placer de conocerse tanto a uno mismo, que todo lo demás se vuelve familiar; tampoco saben que en este mundo la palabra “dolor” casi nunca se escucha.
“Aún así –insisten- la realidad está aquí”.
Hay ciertos valores que no pueden ser cambiados. Uno simplemente nace con ellos y se los apropia. En algunas ocasiones dichos valores son trastocados, ¿cómo?, quién sabe… Digamos que cambian repentinamente, traumáticamente.
Por mi parte, me gusta vivir al ras del mar. He buscado algunas (unas pocas, debo admitir) vistas diferentes, y la única que me ha gustado ha sido aquí, en mi cabaña, al ras del mar con el sol bañándome la cara justo antes de dar paso a las más bellas noches estrelladas.
No por eso dejo de escaparme a aquél primer mundo. Aquél mundo también me agrada, tiene otras cosas también cautivadoras; aunque muchas veces ahí se paga un precio mucho más alto... Me escapo allá con mi capa de viaje y mis botas de cuero. Siempre es una travesía. Llego y, claro, lo primero que hago es visitar a mamá. Es una persona a la que quiero mucho, muchísimo. También en estos momentos ella me necesita, razón de más para visitarla con frecuencia.
De ahí, pues bueno, comienza la aventura. Es un juego interesante, o al menos esa es mi apreciación. Es adentrarse en una jungla de máscaras, donde gana quién adivina el rostro detrás de alguna de ellas. Todo comienza con una aproximación repentina, inesperada; una sonrisa, y comienza el juego.
Pero invariablemente, al caer la noche (o por muy tarde al amanecer), regreso a mi cabaña junto al mar. A pesar de todo, este mundo es, en estos momentos, mi mundo. Y estoy sumamente enamorado de él...
lunes, 16 de abril de 2007
A fuer de ser sinceros
Nacido en el DF, llevado desde la infancia a los confines de ésta ciudad, regresado de nuevo por la convicción en una carrera. Me encanta el DF y sus posibilidades infinitas, aunque no estoy seguro de querer morir aquí. Conozco los cerros del "establo" (viví en uno) y las montañas del "defectuoso": de Cuajimalpa al Ajusco, por no mencionar el Valle; el Oriente de la ciudad en definitiva no se me da.
Me gusta escribir, aunque aún no sé si soy escritor: hay algo de eso que debe llevarse en la sangre. Supongo que parte de la decisión de hacer ésto que estoy haciendo es descubrirme y saberme. Si no, aún es tiempo de cambiar de vocación... a fin de cuentas hay más tiempo que vida (dicen).
Ya que son presumibles -y si no, lo serán- no me detendré en mis pasatiempos. Simplemente diré que mi tiempo se divide entre la universidad, la lectura, Internet y el reven. Como todo ser humano que se jacte de tal, he tenido mis desventuras amorosas, aunque esas sean otras historias.
Y pues bueno, a fin de cuentas aquí estoy, escribiendo el primer post de mi primer blog... Y ya tan pronto se me han deshilado las ideas. ¡Espero que no sea un mal crónico!