He entrado a un mundo que nunca creí pisar. De habérmelo preguntado hace 3 años, bien les pude haber dicho que jamás lo haría. He aprendido que una postura es tan volátil como las emociones del hombre.
Desde un inicio, llegué a otro mundo. Justo cuando corté el cordón umbilical de mi familia, me encontré en un mundo distinto: una ciudad diferente que se comportaba de un modo muy peculiar. Debo admitir que me llamó la atención (de cualquier modo, ¿qué razón tenía yo para hacer lo contrario?). Y por primera vez pude hacer algo más allá de mis enseñanzas escolares y familiares; algo tan prohibido, que siempre quedaba en entredicho.
Todo esto, puedo creer, se originó por el hecho de haberme encontrado bajo mi propia ley en un mundo distinto, dispuesto a romper los prejuicios con los que conviví hasta aquel momento.
Y éste nuevo mundo sólo sería el puente hacia otro, uno mucho más prometedor.
Quiero confesar que he encontrado aquí una linda cabaña con una excepcional vista hacia el mar. Y aunque no he colgado el letrero de “Hogar”, se siente muy hogareña. Pero hay veces en que sueño con aquel primer mundo, mi viejo hogar, y me roba una sonrisa. No siento añoranza, he descubierto que puedo saltar entre ambos mundos, cómo si fuesen dimensiones alternas. En un momento aquí, como se es aquí; en otros allá, como yo quiera ser.
Pero es justo cuando regreso a mi cabaña cuando puedo decir que estoy a gusto, cómodo, “hogareño”. Aquí soy yo sin restricciones, sin máscaras. Tal cuál, soy. La gente del otro mundo dirá que este mundo es de fantasía, inútil, y que estoy perdiendo mi vida aquí. Acaso desde su perspectiva tengan razón, ¿por qué no? Pero ellos no están aquí, son ciegos ante el hecho de poder moldear tus emociones e ideas de tal forma que sientes que eres tu único dueño. Desconocen el placer de conocerse tanto a uno mismo, que todo lo demás se vuelve familiar; tampoco saben que en este mundo la palabra “dolor” casi nunca se escucha.
“Aún así –insisten- la realidad está aquí”.
Hay ciertos valores que no pueden ser cambiados. Uno simplemente nace con ellos y se los apropia. En algunas ocasiones dichos valores son trastocados, ¿cómo?, quién sabe… Digamos que cambian repentinamente, traumáticamente.
Por mi parte, me gusta vivir al ras del mar. He buscado algunas (unas pocas, debo admitir) vistas diferentes, y la única que me ha gustado ha sido aquí, en mi cabaña, al ras del mar con el sol bañándome la cara justo antes de dar paso a las más bellas noches estrelladas.
No por eso dejo de escaparme a aquél primer mundo. Aquél mundo también me agrada, tiene otras cosas también cautivadoras; aunque muchas veces ahí se paga un precio mucho más alto... Me escapo allá con mi capa de viaje y mis botas de cuero. Siempre es una travesía. Llego y, claro, lo primero que hago es visitar a mamá. Es una persona a la que quiero mucho, muchísimo. También en estos momentos ella me necesita, razón de más para visitarla con frecuencia.
De ahí, pues bueno, comienza la aventura. Es un juego interesante, o al menos esa es mi apreciación. Es adentrarse en una jungla de máscaras, donde gana quién adivina el rostro detrás de alguna de ellas. Todo comienza con una aproximación repentina, inesperada; una sonrisa, y comienza el juego.
Pero invariablemente, al caer la noche (o por muy tarde al amanecer), regreso a mi cabaña junto al mar. A pesar de todo, este mundo es, en estos momentos, mi mundo. Y estoy sumamente enamorado de él...
1 comentario:
Texto: claro, sin mucha paja, entretenido, interpretable; Divertido.
Estilo: Franco, y por tanto se atreve a ser dulce y atrevido.
*¡un abrazo y es interesante encontrarlo por estos ciberespacios¡
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