jueves, 26 de abril de 2007

Relatos desde el Espacio Escultórico

Hace dos días no tuve mi clase matinal. El profesor tuvo un problema de sábanas (asumimos todos), por lo que tuvimos la mañana libre. Unos amigos y yo fuimos al Superama de Eje 10 a conseguirnos un vino para tomárnoslo en el Espacio Escultórico; la opción del día fue uno que venía en un practi-envase: tres litros por 78 pesos.

Llegando, previa búsqueda del mejor lugar para sentarnos y tomar el sol, no faltó quien prendiera un gallo. Hicimos el primer brindis... y ni siquiera degustamos el primer trago, cuando Luis comenzó la polémica. Para aquellos -seguro pocos- a quienes pueda interesar, estábamos platicando sobre la fundamentación de la metafísica como ciencia (¡no puedo creer que en pleno siglo XXI aún pueda haber gente que crea en ella!).

Estábamos, pues, al calor de lo que ya se había convertido en discusión cuando hizo su aparición Don Fernando. Al principio no supimos que pensar de él, podía ser un elemento de Seguridad UNAM -de hecho llegó con una chamarra azul del estilo-, o incluso un agente de la AFI. No bajamos los vasos puesto que, tristemente, el vino ya se había terminado, pero sí apagamos el toque. Cuando llegó hasta nosotros dijo: "¿Permitirían a un viejo escritor callejero ganarse una moneda?". En el pedir está el dar -me diría mi mamá-, ¿cómo negárselo? Nos ofreció, o una historia (histórica, valga la rebusnancia) del Espacio, o una anécdota. Ésta última nos pareció más prometedora.

"Cuando yo tenía su edad -nos dijo, y me sonó sumamente familiar- me enamoré perdidamente de una mujer, pero a sus ojos no era digno y me despreció. Aún así, no dejé de fijarme en ella hasta que se casó con otro. Resulta que, un mal día, mi vecina falleció en un accidente. En el velorio se me acercó su madre, y me confesó que estuvo enamorada de mí hasta su muerte. Ahora recuerdo que, cuando llegaba del trabajo, me invitaba amablemente a comer a su casa; que en ocasiones me buscaba para hacerme un cumplido y que le era totalmente deferente. No saben muchachos -dijo, mientras se limpiaba una lágrima- lo duro que es saber ahora que una buena muchacha estuvo enamorada de mi y fui tan ciego como para dejarla pasar de largo".

Imagínense, su desamor se convirtió en tragedia ya que ahora es dos veces desdichado: una por no haber sido correspondido, y la otra por no saber corresponder. Por eso es escritor callejero, porque en las calles han muerto atropelladas sus ilusiones.

Ahora... Bueno, ahora es otra historia. Vive en un mundo de ensueño. A pesar de su edad -nos dice- aún mantiene romances. Que si la tendera le confiesa que ha estado enamorada de él desde que se mudó al edificio, se regocija y se regala, no vaya a ser que cambie de opinión; que si conoce a una Dama en un bar, de dejarse, la invita a su lecho, no vaya a ser que ella sea su (nuevo) verdadero amor... Creo que ahora lo de él es el amor fugaz y la vida libertina.

Moraleja: Ustedes tranquilos, no nerviosos, que el amor no se acaba.

3 comentarios:

eLeNa fLores dijo...

que simpatico Don Fernando, pero me perdí en la historia un poco. y efectivamente, el amor no se acaba.

Cristina dijo...

que bonita historia. a mi parecer tan duro es el ser rechazado como el tener que rechazar...pero por suerte el amor el algo que nunca morirá podrá venir antes o después de un amigo, de tu pareja o de tu familia pero siempre estará ahí.

C. De La O dijo...

¡Ay si señor mañosón, puros pretextos!

Pero pues a quien le dan pan que llore.